Estudios Bíblicos en Siguiendo sus Pisadas

Características de la Madurez Cristiana:
Marca # 9: Sometimiento y Auto-Sacrificio

Por J. Hampton Keathley III
Traducido por Juanita Contesse G.

Introducción

Como mencionábamos en el estudio anterior y como se ve en la vida de Cristo, la servidumbre es por último, el resultado de alguien que habiéndose sometido a Dios, es capaz de darse a sí mismo en sacrificio para Dios y los demás.  Este elemento de sumisión es visto en la devoción unilateral de Jesús que vino al mundo para hacer la voluntad del que lo envió y para completar Su obra (Juan 4:34).  Pero la devoción unilateral de Cristo, o su compromiso a la voluntad del Padre, fue el resultado del sometimiento de Su vida y de Su voluntad al plan del Padre.  Este sometimiento significó entregarse a Sí mismo sacrificialmente para nuestra redención, sosteniendo el plan del Padre (Juan 3:16).

Por lo tanto, las cualidades que caracterizaron al Señor Jesús:  sometimiento y auto-sacrificio, conforman otras dos marcas vitales de la madurez espiritual.  Sin embargo, estas dos características, aquí las consideraremos en conjunto debido a que están relacionadas como causa y efecto.  Más aún, por cuanto ambas son partes del carácter de Cristo y de la verdadera madurez, merecen una mención especial en cualquier lista de las cualidades de la madurez y del liderazgo espiritual.

Sometimiento

El primer paso (la raíz), es el sometimiento.  Someterse significa renunciar a las posesiones o al control sobre otros, someterse al poder, autoridad y control sobre otros.  Todo el Nuevo Testamento, se resume en Filipenses 2:6-8, donde se nos muestra que Cristo deseaba rendir Sus derechos y prerrogativas como la segunda persona de la Trinidad, a la voluntad, propósito y plan del Padre.  Entonces, de esta sumisión nace el deseo de sacrificarse por el plan de Dios, sin importar lo que esto significaba.  Entonces, someterse es parte del paso a la madurez y al ministerio efectivo a la semejanza de Cristo.

«Someterse al plan de Dios en y a través nuestro, requiere una visión clara de los planes que hemos hecho para nosotros mismos.  La mayor parte de las listas de las cosas que son importantes para la gente, incluirán:  paz, felicidad, consuelo, prosperidad, seguridad, amigos, buena salud, experiencias agradables y lograr el máximo de nuestro potencial.

Esta lista haría que nuestra necesidad de sometimiento fuera obvia, pues aquellos planes a menudo están en conflicto o ignoran el plan de Dios para nosotros.  Es verdad que Dios podría y con frecuencia lo hace, proveer para nosotros cierto grado de paz, prosperidad, posición, satisfacción y otras cosas de nuestras listas; pero nuestra sumisión al plan de Dios es una afirmación de que no viviremos por estas cosas (énfasis del autor).  No son estas las cosas que nos dirigirán, sino que simplemente son beneficios adicionales que vienen a través de la voluntad soberana de Dios.

Nunca olvidemos del gran beneficio para la gloria y el reino de Dios que ha venido a través de la vida de cientos de personas que se han sometido a planes que no fueron los suyos.  Algunos se han ido muy lejos, a tierras extranjeras, como misioneros.  Madres que han abandonado sus carreras profesionales y oportunidades para enseñar a sus hijos las verdades de Dios.  Padres que han cambiado sus carreras profesionales o rechazado promociones que se contraponían a la voluntad de Dios para ellos o sus familias.  Pastores que han servido lealmente en lugares no convencionales, donde nadie conoce ni siquiera sus nombres o que les piden hablar en conferencias de alto perfil»[1]

Sacrificio

El paso que sigue (el fruto) al sometimiento a Dios, es el sacrificio.  El sacrificio se enfatiza en Filipenses 2:6-8, por estas palabras:  “Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”.  Al someterse a la voluntad del Padre, se despojó a Sí mismo sacrificialmente para que la voluntad de Dios pudiera cumplirse en y a través de Su vida y Su muerte.  Aunque esto involucra el misterio de Su encarnación y está muy lejos de nuestra comprensión, se evidencian varios niveles de sacrificio en el sometimiento del Salvador, que establecen el ejemplo perfecto para nosotros.  Sus sacrificios comenzaron en realidad cuando Él se despojó a Sí mismo de Sus privilegios y de sus prerrogativas como segunda persona de la Trinidad.  Al hacerse hombre, Él veló y dejó a un lado el uso y la gloria voluntarios de todos Sus atributos como Hijo de Dios.  Entonces, en esta vida en la tierra, Él asumió vivirla sin riquezas, posición, estatus e incluso sin aceptación de los suyos, pues fue rechazado por ellos (Juan 1:11).  Así como los zorros tienen sus guaridas y las aves sus nidos, el Hijo del Hombre, no tenía lugar donde recostar Su cabeza (Mateo 8:20).  Finalmente, por supuesto, Él hizo el sacrificio más grande de todos, en que Él que no conoció pecado, se hizo pecado por nosotros muriendo la horrible muerte en la cruz —sentencia reservada para el peor de los criminales.

«La línea final, es esta:  Cristo voluntariamente se despojó a Sí mismo de todo lo que se interpusiera en el camino de la gloria y beneficio de Su Padre a través Suyo.

Y, ¿qué de nosotros?  Aún cuando los derechos, privilegios, placeres, posesiones, expectativas y planes bien desarrollados puedan ser legítimos en sí mismos, ¿estamos dispuestos a deshacernos de ellos, de dejarlos de lado —sacrificarlos— si el hacerlo nos capacita para cumplir el plan de Dios en nuestras vidas?…

El someternos a los planes de Dios, puede significar sacrificar a nuestros hijos —o nuestros bienes, reputación, comodidades, conveniencia y una larga lista de otras cosas que sostenemos fuertemente en nuestras manos, como también esas cosas que deseamos y por las cuales hemos hecho planes»[2]

Por sacrificar a nuestros hijos, Stowell se refiere al deseo de los padres de entregar a sus hijos en el sentido de verlos entregados a algún servicio a tiempo completo como misiones extranjeras e incluso otro tipo de carrera en el ministerio, algo que muchos padres ni siquiera considerarían como ‘un trabajo sólido, estable y real’.

Puedo recordar muy bien cuando tomé la decisión de asistir al Seminario Teológico de Dallas.  Fui criado en un pequeño rancho de ganados en Texas del Este y tenía un grado en administración de ganado de la Universidad A&M de Texas.  A través de mi experiencia en el rancho y de mis estudios en A&M, estaba bastante bien preparado para manejar un rancho de ganado.  Después de mi graduación, se me ofreció un excelente trabajo en una gran compañía de alimentos para ganado en nuestra zona, mientras podía administrar un gran rancho.  Pero Dios, también había estado trabajando en mi corazón y me había convencido que Su voluntad para mi vida era prepararme para el pastorado (guiar ovejas más que engordar ganado) mientras asistí al seminario.

¡Mi padre pensó que me había vuelto loco!  Decía que mal gastaría mi vida, mi educación en la Universidad A&M e hizo lo imposible para intentar disuadirme.  Se le veía incluso un tanto avergonzado del hecho que asistiría a un seminario en vez de aceptar el trabajo que me habían ofrecido.  Irónicamente, también me ofrecieron un puesto en una compañía farmacéutica en el Pacífico Nor Oriental y esto hubiera estado de acuerdo a los deseos de mi padre porque este trabajo era con una compañía muy conocida y llegó junto a una muy buena oferta de sueldo.  En este trabajo, no habría empleado mis conocimientos de administrador de ganado ni de pastizales; pero parece que esto no tenía importancia.  Aunque su actitud cambió antes que finalizara el seminario y mi padre después me apoyó mucho, primero porque Dios obró en su corazón, él simplemente no deseaba ver a su hijo comprometido a tiempo completo con el ministerio.  Para él, esto era un sacrificio que no estaba voluntariamente decidido a aceptar.

Conclusión y Aplicación

En sus propias palabras, ¿cuáles son algunos de los principios e imperativos que nos enseñan los pasajes siguientes, acerca del auto-sacrificio como una de las marcas de la madurez espiritual que se necesitan en la vida cristiana?  Ver Mateo 6:19ss; 10:37-38; 19:29; 16-24; Lucas 9:23; 1ª Corintios 9:15-23; Romanos 12:1ss; 14:1-15:3; 1ª Corintios 8:13; 2ª Corintios 4:7-18.

Basados en principios escriturales, ¿cuáles son algunos de los factores de guía y motivaciones o razones para la necesidad del auto-sacrificio en la vida del cristiano?

A continuación, entregamos algunos principios y desafíos que se originan en los pasajes ya citados:

(1)    En Romanos 12:1, se nos hace un llamado a someternos a nosotros mismos como sacrificios vivos en la realidad de los “dones espirituales” descritos en los Capítulos 1 al 11.  Estos primeros once capítulos de Romanos, nos instruyen en el plan de Dios para el hombre pecador a través de la vida y muerte salvadoras de Jesucristo.  En otras palabras, en vista de todo lo que Dios ha hecho y está haciendo por nosotros en Cristo, es ilógico que los cristianos hagan otra cosa que no sea sino entregar sus vidas en sometimiento devoto y sacrificio a Dios.

(2)    Lo que alguien haga con su vida, dependerá de la claridad que tenga en lo que es verdaderamente valioso y duradero.  Como lo declaró en forma tan clara Jesús, en las metáforas de Mateo 6:19-24, el corazón del hombre (sus aspiraciones, deseos, búsquedas) depende del tesoro que tiene.  Y lo que atesora depende de sus perspectivas o de la visión interna que tenga de la vida, de acuerdo a los valores bíblicos y eternos vs. Los valores mundanos y temporales.  Por lo tanto, aferrarse fuertemente a los valores del reino de Dios, determina las prioridades que a su vez determinarán los objetivos que uno tenga —lo que estemos dispuestos a someter y a sacrificar.  Por lo tanto, el que se aferra fuertemente a los valores del reino de Dios (debido al tiempo, testimonio, habilidad o influencia), es posible que a menudo no tenga mucho que decir, incluso cosas buenas debido a que su voluntad está puesta en aquellas metas basadas en los valores y prioridades bíblicos.  Este es el resultado de perseguir lo que es excelente o mejor versus lo que sólo bueno (ver Filipenses 1:9s).

(3)    El auto-sacrificio significa poner en primer lugar al Señor, sobre sí mismo e incluso sobre la familia (ver Mateo 10-37; 19-29).  Sin esto, nadie está libre para seguirle a Él e influenciar apropiadamente a los demás para llevarlos a Cristo.  El sacrificio significa “tomar su cruz” sin considerar el costo que eso conlleva (Mateo 10:38; 16:24; Lucas 9:23).  Tomar su cruz, de acuerdo a la cultura de aquellos días, era un acto de sumisión, un deseo de pagar el precio y hacer lo que fuera que Dios pidiera.  Histórica y culturalmente, la analogía de “tomar su cruz”, significaba dejar de rebelarse en contra de la ordenanza del Rey y someterse a Sus ordenanzas durante toda la vida.[3]  En términos prácticos para el cristiano, significa morir a los deseos y a la voluntad personales en completa sumisión a Dios:  ser, ir y hacer lo que sea que Él nos pida.

Una de las hermanas de mi esposa y su marido, sirvieron durante muchos años en Sud África como misioneros.  Después, trabajaron en las oficinas de su agencia misionera aquí en los Estados Unidos, durante los últimos once y doce años.  Están ahora en sus cincuenta años, tienen dos hijas casadas y están pronto a ser abuelos; aún así, están seguros que Dios los está llamando para un ministerio en el extranjero, donde con frecuencia los cristianos son perseguidos, donde el clima es caluroso y húmedo y las condiciones de vida son cualquier cosa menos el estándar de vida de nuestro país.  Debido a su fe y a su sumisión al Salvador, están deseosos de sacrificar las comodidades que su país les ofrece y ver crecer a sus preciosos nietos.  Esta es una decisión que se ha hecho extremadamente dolorosa; pero un sacrificio que están deseosos de hacer por el Salvador y por los perdidos.

Su sacrificio y el de muchos otros como ellos, me recuerdan de algo que una sociedad misionera en Sud África escribiera a David Livingstone:  «¿Ha encontrado un buen camino para llegar hasta dónde usted está?  Si es así, deseamos enviarle a un hombre para que le acompañe».  Livingstone, contestó:  «Si tienen a alguien que SÓLO vendría si existe un buen camino para llegar hasta donde estoy, no quiero a nadie».  Livingstone sabía que aquel hombre no duraría cuando las cosas se pusieran difíciles.  Ese tipo de hombre, simplemente no podría hacer los sacrificios necesarios.

Reflexionando en su propia vida, ¿cuáles son algunas de las cosas a las que pudiera estar llamándolo el Señor para sacrificar o abandonar para cumplir Su voluntad y Su propósito, o para ministrar a alguien necesitado?  Aún cuando el apóstol tenía libertad en Cristo para comer carne o para recibir compensación económica por su trabajo en el evangelio, estaba deseoso de sacrificar aquellos derechos para la gloria de Dios y para el bienestar espiritual de otros.  Siguiendo la declaración de su voluntad a sacrificarse (1ª Corintios 8:13-9:18), Pablo dijo lo siguiente:

“Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número.  Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto a la ley) como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos a la ley; a los que están sin ley, como si yo estuviera sin ley (no estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo), para ganar a los que están sin ley:  Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos”  (1ª Corintios 9:19-22).

Aunque tenemos gran libertad en Cristo, que todas las cosas son legítimas y habiendo sido liberados de la esclavitud de la Ley (ver 1ª Corintios 8:9; 10:23), no todas las cosas son útiles o de beneficio para la construcción de otros, ni siquiera para el propio crecimiento espiritual.  Por lo tanto, al buscar glorificar a Dios, la posición bíblica de la vida sacrificial es vista en la siguiente declaración de Pablo:

“Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica.  Ninguno busque su propio bien, sino el del otro”  (1ª Corintios 10:23-24).

Piense por un momento, en la siguiente declaración:  “Otros pueden; pero gente espiritualmente madura que desean tener un impacto por Cristo, por lo general no son capaces de afrontarlo”.  Aún cuando algo no sea malo en sí mismo, es malo para un creyente si se interpone en el camino de su habilidad para servir y cumplir la voluntad de Dios.  No era malo para Pablo recibir fondos de aquellos a quienes él había conducido al evangelio; pero para demostrar que sus motivaciones eran puras, voluntariamente sacrificó ese derecho pues recibirlas, podría obstaculizar el impacto de su testimonio.

Pagar el precio muriendo a sí mismo o el auto-sacrificio, significa el poder o la libertad de tomar decisiones correctas en sometimiento como siervo de Dios y de los demás.

El resultado es:  ¿Deseo negarme a mí mismo o pagar el precio de manera de quedar libre para seguir al Señor y llegar a ser la persona que Dios salvó y que me llamó a ser?  Lo aceptemos voluntariamente o no, existe otro tipo de pago para quienes, cualquiera sean las razones, no desean entregarse por los demás.  Nadie lo ha dicho mejor que C.S. Lewis:

«Amar, es ser vulnerables.  Ama cualquier cosa y ciertamente tu corazón se retorcerá y posiblemente se quebrantará.  Si deseas asegurarte que quede intacto, no debes entregar tu corazón a nadie, ni siquiera a un animal.  Envuélvelo cuidadosamente con pasatiempos y pequeños lujos; evita todo tipo de enredos, enciérralo en el cofre o ataúd de tu egoísmo.  Pero en ese cofre —seguro, oscuro, inmóvil, sin aire— cambiará.  No se quebrantará; se hará irrompible, impenetrable, irredimible…  El único lugar fuera del Cielo donde estarás perfectamente a salvo de todos los peligros del amor… es el Infierno»[4] 


[1] Joseph M. Stowell, Perilous Pursuits [Búsquedas Peligrosas], Moody Press, Chicago, 1994, p. 173.

[2] Stowell, p. 176.

[3] Leer la obra de Michael P. Green “The Meaning of Cross Bearing” [“El Significado de Cargar la Cruz”], Biblioteca Sacra, Vol. 140, Abril 83, p. 117s.  En la página 120, Green resume el significado de cargar la cruz:  «La posición del escritor es que la frase “tomar la cruz” es una figura del lenguaje que deriva de la costumbre romana, que exigía que un hombre convicto de rebelión en contra de la ley romana soberana, cargara la cruz (patibulum) al lugar donde sería ejecutado.  Por lo tanto, el lugar de inicio apropiado es la base histórica de la frase.  Este punto de inicio, como se demostrará, nos lleva a una interpretación que cargar la cruz significa someterse a la autoridad o a la ley ante la que anteriormente se había rebelado, u obedecer la voluntad de Dios».

[4] Bible Illustrator for Windows [Ilustrador Bíblico para Windows], Parsons Technology, 1990-1998.