Estudios Bíblicos en Siguiendo sus Pisadas

Características de la Madurez Cristiana:
Marca # 4: El Concepto Bíblico de Sí Mismo

Por J. Hampton Keathley III
Traducido por Juanita Contesse G.

Introducción

Cada época tiene sus características especiales y la nuestra no es diferente.  El apóstol Pablo advierte que en los últimos días, los hombres “amadores de sí mismos… más que de Dios”  (2ª Timoteo 3:2, 4).  En nuestros días el concepto de la auto-imagen, auto-estima y amarse a sí mismos, ha llegado a ser un tópico fuerte y el tema de muchas discusiones.

Uno de los debates más grandes que se llevan a cabo hoy, es el lugar de la sicología en el cristianismo.  Muchos escritores y teólogos han criticado a la sicología por ser centrada en el ser, humanística, ineficaz y anti-bíblica.  Otros argumentan por el uso legítimo de la sicología, sosteniendo que es una ciencia y por lo tanto, legítima.  En un artículo reciente de Christianity Today [Cristianismo Hoy] titulado «Los Doctores de la Mente», el autor, un sicólogo cristiano, escribe:  «Hoy en día, pocos cristianos podrían decir que no necesitan saber más de química o de física, que lo que enseña la Biblia.  Lo mismo se debe sostener para la sicología, siendo una ciencia en sí misma».  (p. 19, Christianity Today [Cristianismo Hoy], Abril 8, 1988).

Sin el ánimo de entrar en este debate, una cosa está clara y pienso que es verdad.  Tal como Pablo nos advierte, estamos viviendo una época en la cual hemos llegado a ser amantes de nosotros mismos y nuestra sociedad ha llegado a ser centrada en sí misma y que se ha satisfecho con palabras unidas con guiones con ‘sí mismo’, tales como:  auto-actualización, auto-útiles (útiles por sí mismo), auto-estima y auto-cumplidores.

Esto también se refleja en muchos libros cristianos.  Algunos ejemplos:  Love Yourself [Ámate a Ti Mismo], The Art of Learning to Love Yourself [El Arte de Aprender a Amarte a Ti Mismo], Celebrate Yourself [Celébrate a Ti Mismo], You’re Someone Special [Eres Alguien Especial], Self Esteem:  You’re Better than You Think [Auto-Estima:  Eres Mejor de lo que Crees] y probablemente el más conocido de todos:  Self Esteem:  The New Reformation[Auto Estima:  La Nueva Reforma] de Robert Schuler.

Un líder cristiano que es sicólogo, ha dicho:  Si se pudiera prescribir para las mujeres del mundo una receta que les entregara a cada una de ellas una dosis saludable de auto-estima y de dignidad personal (que se tome tres veces al día hasta que desaparezcan los síntomas), se satisfaría con ello sus mayores necesidades.  Pero, ¿es verdadera esta declaración?  Parte del problema aquí, es la semántica y no hay duda pensar en forma equivocada de uno mismo está en el centro de la miseria, temor, dudas, soledad y reclusión.  Pero debemos ser cuidadosos.  ¿Es un problema de auto-estima o una colección de barreras de pensamientos centrados en uno mismo y no pensamientos bíblicos centrados en Dios acerca de quiénes somos y de cómo calzamos en el plan de Dios?  ¿Es un tema de exaltarnos a nosotros mismos o uno que exalte a Dios, Su plan y revelación concernientes a quiénes somos?

¿Cuál es la solución?  ¿Qué necesitamos?  Primero, no debemos escrituralizar la moda sicológica o el punto de vista del mundo; tampoco debemos permitirnos centrarnos en nosotros mismos y vernos cogidos en el ‘sí mismo’ del mundo.  Pero es verdad que al tener un concepto de sí mismo correcto (bíblico), o pensar en forma apropiada de nosotros mismos a la luz de la gracia de Dios, es importante para la madurez espiritual, para una vida espiritual sana y para un ministerio efectivo.  Este es un tema tratado por las Escrituras y es evidente en varios pasajes (Romanos 12:3s., 2ª Timoteo 1:7-8, 1ª Timoteo 1:18; 4:12-15; 1ª Corintios 16:10).

El tema de la auto-imagen origina una paradoja.  El cristiano que cree en la Biblia, sabe que es un pecador, que en él no hay nada bueno; también sabe que como un ser creado por Dios, creado a Su imagen y redimido por Su gracia, tiene valor y un propósito en la vida.

Entonces, ¿cómo obtener un equilibrio?  ¿Cómo evitar el estar centrados en uno mismo y enfocados en el mundo y al mismo tiempo tener un concepto bíblico de uno mismo, un punto de vista apropiado de nuestro propio valor y propósitos que nos impide servir al Dios vivo, que nos libera de aquellos pensamientos y sentimientos que nos atan y arruinan nuestra personalidad, que crean falsas motivaciones y que nos incapacitan para el ministerio?

Es importante pensar de nosotros mismos en forma apropiada e incluso es un mandamiento de las Escrituras.  En Romanos 12:3, el apóstol escribió:  “Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno”.

La palabra básica para ‘pensar’ en este pasaje, es ‘proneo,,,’ que significa ‘pensar, sostener una opinión, juzgar’.  ‘Pensar con cordura’ es ‘phroneo,,,’, ‘ser sanos de mente’.  Significa ‘tener una mente recta, ser razonables, mantener la calma’.  Pero en primer lugar, el apóstol nos advierte de no considerarnos más que lo que debiéramos.  La palabra griega que aquí se usa, es ‘huperphroneo,,,’; ‘tener pensamientos demasiado considerados de uno mismo, ser altaneros, ser soberbios’.  Irónicamente, muy al contrario de lo que nos muestra la sociedad de hoy, el apóstol no nos advierte en contra de pensar de un modo inferior de nosotros mismos.  A pesar de todo, el Pablo sano de mente hace un llamado, pues está bien fundamentado en la revelación bíblica y en la obra de Dios por nosotros a través de Cristo.  Pablo está haciendo un llamado a meditar y a tener una evaluación personal basados en la autoridad de la revelación de Dios, en la obra de Dios y en Su gracia.  Significa que debemos mirarnos a nosotros mismos a través de los lentes de las Escrituras.

Para Timoteo, a quien algunos expositores le llaman ‘el Tímido Tim’, porque aparentemente estaba teniendo problemas con su auto-confianza (o confianza en los dones de Dios y su ministerio para su vida).  En 2ª Timoteo 1:7, Pablo escribió:  “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (o un pensamiento de mente sana).  La palabra griega para ‘disciplina’ [dominio propio] en este pasaje está relacionada con la palabra usada para pensar de Romanos 12:3.  Tal es ‘so,,phronismos’, de ‘so,,phro,,n,’; vale decir:  ‘sensible, prudente’,  Viene de ‘so,,s,’ que quiere decir:  ‘salvo, sano’ y de ‘phre,,n,’ que quiere decir:  ‘corazón, mente, hombre interior’.  La palabra ‘so,,phronismos’ se refiere a ‘control, auto-disciplina, prudencia’, que equivale a un pensamiento recto.  Una vida controlada, aquella que demuestra auto-disciplina, se deriva de sanidad de mente, de conocer y actuar en la verdad de las Escrituras, bajo la luz de la gracia de Dios en Cristo.  En ambos pasajes, Romanos 12:3 y 2ª Timoteo 1:7, el contexto está relacionado con los dones que Dios nos ha entregado y la expresión máxima de aquellos dones expresados en el ministerio de amor para el bien del cuerpo de Cristo.

El pensar apropiadamente de nosotros mismos, deriva de un concepto correcto de Dios; pero entonces esto se extiende a pensar correctamente de los demás y por lo tanto, todo esto resultará en una libertad para servir de acuerdo a la gracia de Dios.

Ahora, permítanme formular algunas preguntas.  ¿Qué valor tengo como persona?  ¿Me siento bien de la forma como soy o desearía ser otra persona?  ¿He aceptado quién soy como persona, no mis pecados ni mis hábitos pecaminosos, sino la exclusividad que Dios ha creado en mí como persona (Salmo 139:13-14)?  De la forma cómo respondamos estas preguntas puede ser un rol clave en lo que hagamos con nuestra vida, cómo la vivamos, en el gozo que experimentemos en ella, en la forma con que nos relacionamos con los demás y en cómo respondemos a la gente y a Dios. [1]   «Investigaciones han demostrado que tenemos una tendencia a actuar en armonía con el retrato que tenemos de nosotros mismos.  Si nos gusta la clase de persona que somos, creemos que a nadie más le gustamos.  Y esto tiene una gran influencia en nuestra vida social, en nuestro desarrollo laboral y en nuestra relación con los demás» [2]

Un concepto bíblico de nosotros mismos desarrollado del concepto que tengamos de Dios y de Su gracia, es importante para lograr una madurez espiritual, para ministrar, para nuestra capacidad de guiar a otros y especialmente, para nuestra capacidad de ser siervos.  Sin un concepto bíblico de nosotros mismos, terminamos jugando a ser ‘el rey de la montaña’ espiritual y nos comprometemos con la promoción de nuestras motivaciones personales para construir un ego distorsionado.  Buscamos posición, poder y que nos alaben, descansando en la gracia de Dios.

Por lo tanto, para llevar en forma eficaz nuestro ministerio a los demás, debemos pensar bíblicamente en lo que somos.  Esto significa principalmente, dos cosas:  (a) necesitamos conocer nuestras habilidades y limitaciones y (b) tener siempre en mente una visión bíblica de Dios, de Su gracia para nosotros en Cristo y el saber que nuestra competencia descansa siempre en Dios, sin consideración de nuestras habilidades o debilidades  (ver 2ª Corintios 2:16-3:6).

¿Por qué es tan importante pensar en estos términos?  Porque sin ellos vacilaremos entre el temor y el orgullo o entre la inseguridad y la confianza excesiva.  Sin ellos, nos volveremos personas introvertidas o nos veremos corriendo de un lado para otro en una confusión de actividades, tratando de sentirnos bien con nosotros mismos por los logros obtenidos.  La madurez espiritual de Pablo y sus calificaciones como líder, se ve en la libertad que tenía para servir a los demás, porque al descansar en lo que él era en Cristo como siervo llamado por Dios por Su gracia, no pretendía proteger una pobre imagen de si mismo o impresionar a los hombres con su grandeza (cf. 1ª Corintios 4:1ss., 1ª Tesalonicenses 2:1-6).

«Una auto-imagen inadecuada, nos roba la energía y el poder de atención para relacionarnos con otras personas, porque nos vemos absorbidos con nuestras propias insuficiencias.  Esto es especialmente cierto cuando estamos en la presencia de gente que nos recuerda nuestras imperfecciones o cuyo juicio hacia nosotros valoramos y deseamos influenciar.  En tales situaciones, estamos muy concientes que no podemos prestar la atención suficiente a otros.  Como resultado, se nos considerará como indiferentes u orgullosos,  Nuestros sentimientos de imperfección nos impiden llegar a otros para amarles y servirles…

Las personas con una auto-imagen inadecuada, buscan la opinión de los demás, su aprobación o sus críticas, como factores determinantes en cómo se sienten o piensan acerca de sí mismos en un momento en particular.  Las personas con un bajo sentido de ser útiles, se convierten esclavos de la opinión que los demás tengan de ellas.  No son libres para ser ellas mismas» [3]

Lo que necesitamos es un valor santo y una confianza relajada basada en el conocimiento de Dios y descansando en Él, sabiendo también que somos cada uno de nosotros Su creación exclusiva tanto física como espiritualmente.

Pero, ¿cómo podemos llegar a un estado de madurez espiritual equilibrada?  Les puedo sugerir que esto involucra varias cosas que debemos saber, aplicar y relacionar.  Hay por lo menos cinco verdades bíblicas que se requieren para tener un concepto maduro de la auto-imagen. Al comprender y relacionar estos cinco conceptos, la persona será capaz de relajarse en cuanto a quién es, sin temor u orgullo, o sin sentir inseguridad o un sentimiento falso de orgullo o arrogancia.

Los Creyentes Maduros, tienen un Concepto Bíblico de su Auto-Imagen

Los creyentes maduros derivan su sentimiento de utilidad y de valor, de su unión y co-identificación con Jesucristo en toda Su plenitud, dones personales y provisiones y también sabiendo que Él tiene una voluntad y un propósito para cada uno de ellos (cf. Romanos 12:3s; Efesios 1:3; 2:10; Colosenses 2:10 con 1ª Timoteo 1:12-15; 1ª Corintios 15:9-11).  Lamentablemente, muchas personas se perciben a sí mismos de acuerdo a un retrato de sí mismos desarrollado en los inicios de sus vidas por los mensajes que han recibido de su ambiente —padres, amigos, maestros, etc.  Estos pueden ser buenos o malos, verdaderos o falsos; pero esta es la percepción que forma la base de cómo la mayoría de la gente siente de ellos mismos.  Parte del proceso de maduración como creyentes, es la habilidad de vernos a nosotros mismos en forma diferente de acuerdo a su nueva vida en Cristo, habiendo sido recreados según y en la imagen de Dios para una nueva forma de vida.

“Si en verdad le habéis oído, y habéis sido por él enseñados, conforme a la verdad que está en Jesús.  En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”  (Efesios 4:21-24).

“No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno, donde no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos”  (Colosenses 3:9-11).

(1)    La alternativa para el amor por sí mismo del mundo o una auto-imagen basada en antecedentes religiosos o étnicos, o en status sociales, no es odiarse a sí mismos o rechazo del valor o la utilidad que se tenga, sino un reconocimiento de dónde y cómo derivar esos valores por medio de la gracia de Dios para nosotros en Cristo.

(2)    La alternativa a la auto-estima del mundo (basada en status social, desempeño, apariencia, antecedentes religiosos, etc.), no es la auto-negación, sino una comprensión y una aceptación de la gracia y la providencia de Dios por nosotros en Cristo, quien es el que nos da los verdaderos significados y valores.

(3)    La alternativa al auto-cumplimiento del mundo, no es una vida que no tenga significado o metas, sino una vida totalmente absorta en Dios y en Sus propósitos, de manera que el cumplimiento sea experimentado en forma natural (o espiritual) a través de una relación y un compromiso con Dios, y no a través de una preocupación desmedida por sí mismo.

Observen los siguientes versículos:

o        Romanos 12:3 enseña la responsabilidad de descubrir, saber y pensar correctamente con fe, acerca de quiénes somos, basados en la obra de gracia de Dios en Cristo

o        Génesis 1:26-27 enseña que todos fuimos creados a la imagen de Dios.  Esto significa que nuestras vidas tienen un valor especial a pesar de que la imagen ha sido ensuciada por la caída y el pecado.

o        Salmo 139-12s. enseña que cada uno de nosotros fue creado como una exclusividad de acuerdo al propio recurso de Dios —con verrugas y todo.

o        Proverbios 16:1-4, 8 nos enseña acerca de la soberanía de Dios y de Su mano providencial en la vida de cada una de las personas para llevar a cabo Sus propósitos.

o        Efesios 1:3, 6; 2:10 y Colosenses 2:10 enseñan el hecho de la obra re-creativa y espiritual de Dios en nosotros y por nosotros en Cristo, que incluye toda Su providencia, nuestra unión espiritual con Cristo y un propósito especial en el plan de Dios.

o        Romanos 12:4s.; 1ª Corintios 12; Efesios 4-7 y 1ª Pedro 4:10 enseña el hecho de nuestros dones y nuestra capacidad de servir como miembros del cuerpo de Cristo.  Esto significa que todo creyente es útil y de gran valor.

o        Colosenses 3:10 y 2ª Corintios 3:18 enseñan la responsabilidad y el potencial como nueva creación en Cristo de llegar a ser poco a poco la imagen de Dios de acuerdo a lo revelado en la persona de Cristo a través de la Palabra y el llenado (control) del Espíritu Santo.  Esto significa que todos somos vasos terrenales, instrumentos para la gloria de Dios, con un propósito determinado.

¿Qué significa todo esto?  Significa que estas verdades espirituales debieran darle a todo creyente un sentido de propósito especial, un sentido de destino y convicción de que la mano de Dios está sobre su vida.  Tal sentido de destino, pueden guiar a los hombres y mujeres a distancias increíbles y permitirles lograr cosas insospechadas para Dios, si solamente se aferran y obran de acuerdo a estos hechos de las Escrituras, sin enfocarse en los estándares humanos para tener éxito o importancia.

Pero el problema es que la gente tiende a mirar a los demás y a sus dones, sus logros y popularidad y medirse según lo que ven en ellos.  Comparamos gente con gente.  Esto no sólo nos hacen fijar nuestros ojos en los hombres sacándolos de Dios, en Su gracia y en Su plan, sino que crea sentimientos de inferioridad, celos, orgullo y formar bandos.  Esto nos conduce a un segundo principio importante:  pensar bíblicamente de nosotros mismos.

Los Creyentes Maduros Emplean el Estándar Correcto para Juzgar el Éxito

El Señor Jesús y los principios de las Escrituras deben ser nuestra vara de medida o el medio por el cual debemos medir lo que valemos y nuestra auto-imagen (cf. 1ª Corintios 3:4-7; 4:1-5; 15:9-11; 2ª Corintios 10_12; Efesios 4:13).  A continuación, tenemos algunas razones bíblicas del por qué es tan necesario temer la herramienta correcta para medir:

(1)    Somos instrumentos de Dios.  La eficacia siempre es producto de la actividad de Dios, sin considerar nuestro trabajo, nuestros métodos, nuestra inteligencia o nuestra sabiduría  (1ª Corintios 3:4-7).

(2)    Lo que cuenta para Dios, es ¡la fidelidad a Su gracia!  Lo que es importante para Dios es la fidelidad en el empleo de las oportunidades, habilidades y ministerios que Él nos da y no el éxito, que es con tanta frecuencia la medida para el hombre (Lucas 12:42; 2ª Timoteo 2:2; 1ª Corintios 4:1-2).

(3)    Todo lo que tenemos es producto de la gracia de Dios.  Todo lo que obtenemos a través de nuestras habilidades, talentos, ministerios e incluso oportunidades, son dones de la gracia de Dios, inclusive lo que respiramos  (Romanos 12:3ª; 1ª Corintios 15:9-11).

(4)    Jesucristo es nuestro estándar y nuestra meta – no los hombres.  Como mencionábamos, los hombres pueden llegar a ser ejemplos de la semejanza de Cristo; pero incluso entonces, llegan a ser tales ejemplos sólo si con ello apuntan al Salvador de la misma forma que Él se ve reflejado en ellos (1ª Corintios 11:1).  Cristo, como nuestro modelo, es el estándar de la excelencia; pero no medimos esto por las opiniones y estándares de medición empleados por el mundo o por los hombres.  Lo medimos por los preceptos que nos entregan las Escrituras:  las características morales maduras de quienes se asemejan a Cristo.  Observemos dos pasajes claves en este aspecto:

Efesios 4:13  “…hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”

Los líderes de la iglesia, deben equipar a los santos (versículo 12) con una visión de la madurez espiritual en Cristo.  Pero esto también nos señala el estándar, la medida por la cual juzgamos una verdadera madurez y eficacia bíblica.  Observen aquí las tres metas del proceso de edificación para el equipamiento de los santos.  Dios desea la unidad y la madurez, i.e. gente espiritualmente madura; pero la medición de esa unidad y madurez es nada menos que el llenado total de la estatura de Cristo.  La palabra ‘medir’ en griego es metron.  Se usó como ‘un estándar de medición, la norma mediante la cual se mide algo’ y ‘lo que fue medido, la porción’.  Para la vida cristiana, Cristo es en esencia, tanto nuestro estándar de crecimiento y madurez como la porción que experimentamos a medida que crecemos en Él y llegamos a ser como Él por la providencia graciosa de Dios.

1ª Corintios 4:1-3  “Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios.  Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel. Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por el tribunal humano; y ni aún yo me juzgo a mí mismo”

Debiéramos desear que se piense de nosotros simplemente como fieles siervos y colaboradores de Dios.  Esto significa que no debemos juzgarnos a nosotros mismos ni permitir que se nos mida por los estándares de los hombres, tan usados como lo fue en el caso de los corintios.  Dios puede utilizar a otros de variadas formas para ayudarnos a aprender y a crecer según las normas de Cristo; pero la prueba final está en las Escrituras y no en las opiniones de los hombres.

(5)    Un estándar apropiado es importante para la estabilidad espiritual.  El tener y utilizar un estándar correcto para ser efectivos o exitosos, es importante para un crecimiento en una madurez sana y para un liderazgo o ministerio efectivo.  ¿Por qué?  Porque sin ello estaríamos midiéndonos a nosotros mismos:  nuestro valor, nuestro progreso y nuestro éxito según los estándares de los hombres y las respuestas que nos dan.  Típicamente, los estándares del hombre son cosas como números, nombres, personalidad, carisma y otras cosas similares.  Esto está mal, es necio.  Pablo escribió:  “Porque no nos atrevemos a contarnos ni a compararnos con algunos que se alaban a sí mismos; pero ellos, midiéndose a sí mismos por sí mismos, y comparándose consigo mismos, no son juiciosos”.  ¿Por qué ‘sin juicio’?  Porque los estándares errados de medición dañará nuestra habilidad de servir y de hacer nuestro trabajo para el Señor, para bendición de los demás de acuerdo al propósito de Dios (cf. Jeremías 1:17-19; 1ª Corintios 4:1-5; con 2ª Corintios 10:10 y 6:11-13).  El principio es, simplemente que los estándares falsos para el éxito siempre conllevan una serie de problemas que son detrimento para el ministerio eficaz y para el bienestar espiritual.

A continuación, ilustramos algunos problemas creados por estándares falsos de medición:

o        Estándares falsos conducen a motivos falsos, como la ambición egoísta y a un espíritu de competencia en donde vemos a los demás como opositores que soportar más que amigos con quienes disfrutar o compañeros de trabajo con quienes compartimos el trabajo como colaboradores de Cristo  (Filipenses 1:17).

o        Estándares falsos conducen al sentido de la culpa, frustración, depresión y sentimiento de fracaso porque pensamos que no hemos sido medidos según los estándares confeccionados por los hombres.  Terminamos trabajando para complacer a los hombres y no a Dios (1ª Tesalonicenses 2:4-6).  Los estándares falsos también nos guían a todo lo contrario —sentimiento de orgullo y a menudo, un sentido falso de éxito.

o        El intentar medir según los estándares humanos, también pueden llevarnos a temer al fracaso lo que puede resultar en la reclusión o retraimiento.  Esto puede provocar no desear intentar algunas cosas o involucrarse en algún ministerio.  También puede conducirnos a olvidar un ministerio.  Ciertamente, puede causar perder el gozo de ministrar o servir  (2ª Timoteo 1:6-7).

o        Estándares falsos pueden conducir a una auto-depreciación con la creencia de que no somos aptos porque no estamos a la altura de esos estándares.

Debido a alguna falla a llegar y permanecer orientados según la gracia de Dios por nosotros en Cristo, o debido a alguna desorientación de la gracia y al pensamiento errado que naturalmente sigue a esta situación, muchos creyentes terminan su labor en el ministerio, por necesidades neuróticas.  Se sienten inadecuados y así a menudo sirven en algún tipo de ministerio para compensar sus malos sentimientos:  para sobreponerse al sentimiento de culpa, obtener algún reconocimiento o simplemente sentirse mejor con ellos mismos.  Otros pueden fallar en sus funciones, por el mismo tipo de sentimientos.  Temen al fracaso o a lo que los demás puedan decir.

Esto lleva a que se transformen en gente discapacitada que con frecuencia tienen una conducta divisiva y de rechazo porque compiten unos con otros y consigo mismos por un sentido personal de importancia.  Esto conduce a todo tipo de problemas espirituales y emocionales.  Como resultado, estas personas caminan llevando sus temores, son muy sensibles, difíciles para compartir con ellos e incapaces de recibir correcciones o sugerencias.  Ser corregidos es para ellos ser desestimados o perder presencia.  Por lo tanto, cada vez se preocupan más de ellos mismos que de Jesucristo, Su gloria y por los demás.  Se convierten en personas que van a la defensiva, que todo lo discuten y al mismo tiempo, temerosos.

El problema es que sufren de una desorientación de la gracia (Hebreos 12:15).  ¿Qué es la gracia?  Es el nombre de la providencia de Dios para nosotros en Cristo.  El problema es que no descansamos en la gracia de Dios para nuestras vidas; es decir, nuestra nueva vida y posición en Cristo y en los principios y promesas de la Palabra junto con ser llenos del Espíritu.

Pero, ¿cuáles son algunos de los estándares falsos que a menudo usamos como peldaños para subir la escala del éxito y sentimientos personales de importancia?

o        Comparación de apariencias, habilidades o personalidades:  Dios no nos da a todos las mismas habilidades, inteligencia, aptitudes o personalidad.  No debemos mirar las habilidades o la personalidad de otro hombre y decidir que podemos o no podemos tomar un ministerio o responsabilidad, basado en la comparación con él.  No debemos pensar o decir:  ‘Si hiciera lo mismo que él o dijera lo mismo, podría…’ (cf. Pablo [1ª Corintios 2:1-5; 15:7-11; con 3:1-3 y 2ª Corintios 10:10], Moisés [cf. Éxodo 4:10-11 con Hechos 7:22 y la estimación de Dios].

o        Comparación de cuentas corrientes o posesiones:  La mayoría de la gente obtienen el sentido del valor y competencia, de la cantidad que tuvieron, del tamaño de su hogar o del modelo de automóvil que conducen.  Pero compárense con el Señor Jesús (Mateo 8:20).  El dinero nunca es la base del éxito ni para nuestra habilidad para servir a Dios.  El dinero que ganamos, simplemente no es un barómetro de las bendiciones de Dios.  Dios ha elegido a los pobres de este mundo, ricos en fe (Santiago 2:4-8; 1ª Corintios 1:26-30).

o        Comparación de los amigos o de los conocidos:  Al hablar con algunas personas, nos preguntamos si ellos no deberían escribir un libro titulado Las Diez Personas Más Importantes que Me Han Conocido.  Las personas que conocemos no tienen absolutamente nada que ver con nuestro éxito, con las habilidades en nuestro ministerio o en nuestro liderazgo a no ser que al haberlos conocido ha sido un medio para nuestro aprendizaje o una indicación para nuestro entrenamiento y calificaciones para algún ministerio en particular (cf. 1ª Timoteo 2:2; 2ª Timoteo 2:14).  Pero incluso aquello, a no ser que sea apropiado, significa nada.

o        Comparación de resultados:  Los resultados pueden ser un producto de la bendición de Dios (Hechos); pero no necesariamente.  También pueden ser el producto de abastecerse de los caprichos y fantasías del mundo; es decir, buscar emociones, entretención y el sensacionalismo (2ª Timoteo 4:3), o manipulaciones humanas como se observa en el proceder de varios líderes cultos que han tenido éxito al procurar que mucha gente les siga.

Como ilustración de la evaluación que Dios hacedel éxito en comparación con la evaluación de los hombres, sólo tenemos que comparar Números 20:8-12 con el Salmo 106:32-33.  A los ojos de los hombres, Moisés tuvo éxito porque obtuvo resultados; pero a los ojos de Dios, en este momento, Moisés fracasó.  El Tema del Éxito, es Siempre Obediencia a Dios, no complacer a los hombres ni pretender satisfacer los caprichos o estándares del hombre con relación al éxito (cf. 1ª Tesalonicenses 2:4).  Por otro lado, los resultados que vemos pueden ser negativos y considerados un fracaso por el hombre; pero son exitosos para los propósitos y ojos de Dios.  Sólo necesitamos comparar el llamado de Isaías y el de Jeremías con el éxito (Isaías 6; Romanos 11:25 con Isaías 28; 55:11; Jeremías 17s.).  Tanto a Isaías como a Jeremías se les dijo por adelantado que no tendrían éxito según los estándares del mundo.  Debían predicar mensajes de enjuiciamiento a los que Israel más bien reaccionaría mas no se arrepentiría.  Una parte de la razón de su asignación, fue entregar una mayor evidencia del juicio de Dios hacia Israel (cf. Isaías 6:9-10; Hechos 28:25-28).

Como vemos en Isaías 55:11, nuestra predicación puede ser un medio de ‘evangelismo por la puerta trasera’.  El propósito de Dios con Su Palabra para Isaías, no era positivo.  Era negativo para demostrar la dureza del corazón de Israel y la necesidad de juicio.  El punto es que no siempre podemos evaluar la madurez o el liderazgo espiritual o nuestro éxito por sus nombres y ciertamente no por los métodos que emplea el mundo.

Otra ilustración la vemos en Marcos 4 con la Parábola del Sembrador y con el propósito de esta parábola.  La gente se preguntaba por qué los líderes y las naciones como un todo, no respondían al mensaje de Cristo.  Las parábolas de la Tierra, del Sembrador y de la Semilla nos responden esta pregunta.  Demuestran que el problema no estaba en el mensaje (la semilla), ni con el mensajero (el sembrador), sino en la condición de la tierra.

Otra ilustración es la que leemos en 2ª Timoteo 4:9s.  Pablo había sido desterrado y estaba en prisión deseando morir; no era sino un fracaso.  Fácilmente podría haber sentido lástima de sí mismo: ‘nadie quiere seguirme, mis hombres me han abandonado; he debido hacer algo equivocado, soy un fracaso’.  Pero como un hombre maduro en Cristo, Pablo tenía una perspectiva completamente diferente y escribió:  “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.  Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida”  (2ª Timoteo 4:7-8).

En su libro «El Fracaso:  La Puerta Trasera al Éxito», Erwin Lutzer cuenta la siguiente historia que nos da una excelente ilustración de un hombre maduro quien tomó su sentido de importancia y de auto-imagen del Señor y no de las opiniones de la gente:

«Un amigo mío que pastoreaba una pequeña iglesia, me contó cuán deprimente era para él asistir a las conferencias de pastores.  En ellas sufría por los informes de grandes éxitos entregados por otras iglesias.  Parecía que todas las iglesias o habían duplicado su membresía o triplicado sus ingresos durante el año anterior.

Por otra pare, su iglesia era pequeña y tenía toda una historia de dificultades.  Tenía problemas con la amargura, las quejas y los grupos.  En algunas ocasiones, el pastor era humillado públicamente por miembros furiosos.  Su historia (que podría ser el tema de un libro completo), nos recuerda que los cristianos carnales pueden ser tan obstinados como los paganos mundanos.

¿Qué hizo el pastor?  Vivió con este abuso.  Predicó las Escrituras y enseñó doctrina.  Eventualmente, algunos miembros de la iglesia mostraban cierto grado de crecimiento espiritual.  En la vida de unos pocos, se vieron frutos.  Pero la gran parte de la semilla, cayó en el camino y fue sofocada por las espinas de la ansiedad mundana o ahogada en el lodazal del resentimiento.

Cuando escuché toda la historia, dije:  “Roy, ¡yo no me hubiera quedado allí ni un sólo mes!”  Su respuesta fue un reproche:  “Siempre me he preguntado si tengo amor por la gente.  Dios me puso en la situación de mayor prueba que pudiera soportar.  Quiso enseñarme cómo demostrar amor, ¡en un lugar donde no existe en absoluto!”.

¿Era un hombre de éxito?  ¡No si se considera la vara de medida del mundo!  Los resultados pueden ser un barómetro de la bendición de Dios; pero no necesariamente» [4]

El espíritu de comparación, ya sea que involucre una comparación de otros con otros o con nosotros con otros, está definido bíblicamente como algo carnal, mundano, inmaduro e incluso puede ser diabólico (ver 1ª Corintios 3:1ss; Santiago 3:14-16).  Sólo nos conduce al dolor y al daño, al fracaso y obrar defectuosamente.

Finalmente, la respuesta de Pedro a la revelación del Señor con respecto a su futuro y la respuesta del Señor a la pregunta de Pedro acerca del futuro de Juan en Juan 21:18-22, nos entrega otra ilustración de nuestra tendencia a hacer comparaciones falsas o a cuando cuestionamos la relación de Dios con nosotros comparándolas con la relación que Él tiene con otros creyentes.  Nuestra tendencia es mirar a los demás y preguntarnos:  ‘¿Por qué yo?  ¿Por qué tengo que enfrentar este desafío mientras que otros creyentes no?’.  O, ‘¿Por qué Dios no hace conmigo lo que Él esta haciendo con tal y tal persona?’.  Pero el punto es:  Si Dios desea bendecir a otros más que a mí, si ellos son famosos y nosotros unos desconocidos, si ellos poseen riquezas y nosotros somos pobres, si ellos están muy dotados y nosotros menos (al menos según los estándares humanos), de qué nos preocupamos?  Cristo llama a cada uno de nosotros para confiar en Él y seguirle.  Mientras sigamos al Señor con todo nuestro corazón y haciendo lo mejor que podamos de acuerdo con lo que Él nos entrega, nuestra responsabilidad es simplemente seguirle.

Las últimas palabras de nuestro Señor en Juan 21, conforman un mensaje muy importante para todos los creyentes y especialmente para los lideres.  Debemos seguirle Y dejarle los resultados a Él.  Dios es soberano y nosotros somos Sus criaturas.  Somos herramientas de Su gracia.

Los Creyentes Maduros Viven por Fe en las Verdades Bíblicas

(1)    Actuarán en la verdad de su identidad en Cristo.  La Biblia nos enseña que todo cristiano es creado a la imagen de Dios (Génesis 1:26-27), que todo creyente es exclusivo y con destreza lo ha sacado de su madre (Salmo 139:12s), que todo creyente en Cristo, cada cristiano es hijo de Dios por el nuevo nacimiento (Juan 1:12-13; 3:3-6; 1ª Pedro 1:3, 23; Santiago 1:18).  ¡Qué identidad y heredad más maravillosa!  Tal heredad tiene un valor más allá de la comparación, sin considerar la respuesta de los demás o las opiniones de los hombres.

(2)    Ellos descansarán y actuarán de acuerdo a las habilidades dadas por Dios – talentos y dones espirituales naturales.  En el Salmo 139:1-12, el salmista declara su fe en el conocimiento que tiene el Señor de todos los detalles de su vida.  Sin embargo, el Señor no sólo conoce y percibe la naturaleza y la necesidad de Su pueblo en general, sino que el salmista cree en el propósito personal de Dios para su vida.  Dios no es sólo el Creador Supremo, el Trascendental; también es el Inmanente que está íntimamente preocupado de las personas en forma individual que ha creado, ¡incluso antes que estuvieran en la matriz de sus madres!

En el versículo 13, el salmista sigue enfatizando el interés personal de Dios, según lo vemos por el uso reiterado del pronombre ‘Tu’ y por el uso de prefijos pronominales y sufijos a los verbos y sustantivos en el texto hebreo, que se traducen como ‘tú’ y ‘tu’.  Gracias a que Dios se involucra personalmente, cada individuo es el resultado de la obra creadora de Dios (espiritual y físicamente) en la matriz.  El salmista declara:  “me formaste en la matriz de mi madre” (el aspecto físico, cf. Job 8:11; Jeremías 1:5).  Todos los seres le deben su existencia, incluyendo sus dones y habilidades naturales, al Dios como el Creador Soberano.  El reflexionar en la realidad de esta verdad, tuvo un tremendo impacto en la vida del salmista.  Sabía que el Señor lo había formado como una persona única con dones y habilidades de acuerdo a los propósitos soberanos de Dios.

En los versículos 14-17, por lo tanto, el salmista responde personalmente a la asombrosa verdad del compromiso inmanente de Dios en su ser.  Actuando bajo esta verdad y tomando conciencia de la distinción que esto da a su vida, el salmista respondió alabando a Dios por su vida:

“Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien.  No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de la tierra.  Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas.  ¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos!  ¡Cuán grande es la suma de ellos!”  (Salmo 139:14-17).

Compare también Romanos 12:3s; 1ª Corintios 12:4-5 y 1ª Pedro 4:10.

(3)    Ellos actuarán de acuerdo a los propósitos de Dios y a la naturaleza de esta vida.  Este compromiso tan creativo y personal por parte de Dios, incluye naturalmente un propósito para nuestro ser en un lugar y un tiempo histórico dado.  De acuerdo a la respuesta del salmista en el Salmo 139:14s, VanGemeren escribe:

«…la preocupación de Dios por los individuos que Él ha formado, es para Su propósito.  Por lo tanto, la adoración es la respuesta apropiada para la gracia de Dios de discernimiento, percepción y propósito.  El hijo de Dios ve la presencia de Dios en todas partes (vv. 7-12) y experimenta el gozo de la visión de Dios sobre él.  Todas las “obras” de Dios, son “maravillosas”; pero el creyente lo que más percibe de la creación de Dios, es que él fue “hecho temerosa y maravillosamente”.  Aún cuando para él la gracia de Dios es “un conocimiento demasiado maravilloso” (v. 6), vive con una conciencia plena del propósito gracioso de Dios (“Sé eso muy bien”). El salmista revela su conciencia única de la gracia de Dios hacia él y responde con un himno de gracias (“Te alabo”).

…La idea del propósito se expresa en forma más clara en el v. 16.  La escritura del Señor en Su libro (cf. 51:1; 69:28), se refiere al conocimiento y a las bendiciones de Dios de Su hijo “todos los días” de su vida (cf. Efesios 2:10).  Su vida estaba escrita en el libro de la vida y cada uno de sus días estaban contados» [5]

Este elemento del propósito de Dios para nosotros, también se observa en Efesios 2:19:  “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”.  Esto significa que Dios tiene un propósito especial para cada uno de nosotros, nadie queda excluido.  Mientras que algunos aspectos de Su propósito son los mismos para todos nosotros (glorificar al Señor y vivir para Él, etc.), esto incluye un destino especial para cada persona de acuerdo a los dones que Dios le ha otorgado y a cómo nos ha traído al mundo.

Pero la naturaleza de esta vida, quiénes somos en Cristo (bendecidos con toda bendición espiritual y completos en Él; Efesios 1:3; Colosenses 2:10) y nuestro último destino como creyentes en Cristo, debería impactar la forma cómo vemos lo que somos como individuos.

“Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación”  (1ª Pedro 1:17).

“Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma”  (1ª Pedro 2:11).

Si verdaderamente sabemos y obramos de acuerdo a lo que somos en Cristo, al por qué estamos aquí (como embajadores – residentes temporales) y al lugar donde vamos (nuestro destino eterno), deberíamos ser capaces de descansar y relajarnos mientras servimos y amamos a los demás, sin considerar el éxito de otras personas o la respuesta que obtengamos.  Esto significa vivir la plenitud de Cristo y nuestra exclusividad:  (a) una nueva identidad en Él, (b) la habilidad espiritual que viene por medio de Él, (c) el propósito individual del hombre para cada uno de los creyentes, por causa Suya y (d) las recompensas celestiales e imperecederas que vienen de Él.  Observen la sensibilidad del apóstol por esto en los siguientes versículos, aún cuando él estaba siendo tratado con malevolencia y comparado con los demás.

“Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios.  Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno se hallado fiel.  Yo en muy poco tengo el ser juzgados por vosotros, o por tribunal humano; y ni aún yo me juzgo a mí mismo.  Porque aunque de nada tengo mala conciencia, no por esto soy justificado; pero el que me juzga es el Señor.  Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios”  (1ª Corintios 4:1-5).

Creyentes maduros que saben quiénes son en Cristo, la razón de estar aquí, dónde yacen sus fuerzas, adónde se dirigen y su destino final y su recompensa –asuntos que deben imprimirse en sus corazones por fe—ya no dependerán más de los estándares del hombre para el éxito o en la respuesta de los demás para su felicidad, sentido de identidad o de valor.  ¿Por qué?  Porque están comprendiendo y aceptando por fe el valor que Dios coloca en sus vidas.

Por lo tanto, ¿tenemos una crisis de identidad cada vez que somos desafiados, cuestionados o rechazados de alguna manera, o cuando sabemos del éxito de otro creyente, o cuando somos incapaces de percibir el éxito que esperábamos o deseábamos?  Si es así, ¿por qué?  Tal vez porque estamos (a) buscando nuestro sentido de bienestar a partir de la respuesta de los demás, (b) o queriendo estar siempre en lo correcto, (c) o a partir de nuestra propia evaluación del éxito basados en los estándares de los hombres.  Podría deberse a que somos dependientes de la respuesta de los demás o por la visualización de esa respuesta a:  ¿Cómo luzco (apariencia)?  ¿Cómo lo hago (desempeño)?  O, ¿cuán importante soy (estatus o posición)?

Tal perspectiva no sólo es inmadura, sino que nos arruinará para el ministerio.  Nos transformará de personas que sirven a personas servidas.  Esta es la razón del por qué los hombres con frecuencia actúan con autoridad, o del por qué algunos temen delegar trabajos o responsabilidades, o del por qué algunos se transforman en ‘prima donna’.

En Juan 13:1s., vemos que Cristo sabía quién era, por qué estaba aquí y dónde se iría.  Aún cuando era rechazado por el pueblo, estas tres cosas:  ‘Quién’, ‘Por qué’ y ‘Dónde’ formaron el fundamento mental por fe y por Su habilidad de amar y servir a los demás.  Cristo nunca buscó su sentido de identidad a partir de los hombres o de las comparaciones típicas del mundo.

«Mediten en esto:  Cristo dejó la gloria eterna del Padre para sufrir la peor humillación de parte de una muerte humana vergonzosa.  Sin embargo, Él nunca se quejó por haber abandonado la gloria que los otros dos miembros de la Trinidad mantuvieron.  Si Él hubiera comparado Su rol en la redención con los que tenían el Padre y el Espíritu Santo, es posible que se hubiera sentido engañado.  ¿Por qué Él —siendo igual que los otros dos miembros— tuvo que ser la escoria de la tierra?

Si Cristo se hubiera comparado con otros hombres (recuerden que Él fue completamente humano), podría haber pensado que era el mejor de todos.  Aún así (increíble), ¡se convirtió en el más bajo!  Cuando los discípulos se estaban preguntando quién desempeñaría la tarea del siervo, Cristo tomó una toalla y un recipiente con agua y... ¡les lavó los pies!

¿Cómo pudo rebajarse tanto Aquel que estaban tan alto?  Una de las razones es que Él no se comparó con los demás, sino que sólo se preocupó de cumplir los estándares que había ordenado el Padre.  “Me gozo en hacer tu voluntad, oh mi Dios”.  Eso es todo lo que importaba». [6]

Según los estándares del mundo, Cristo fue un fracaso miserable.  Nació en un pesebre, creció en una despreciable pequeña ciudad de Nazaret, no fue a las escuelas aceptadas socialmente en aquellos días, vivió sin dinero y sin un hogar propio, fue juzgado y crucificado como un criminal y murió desnudo mientras los soldados romanos se jugaban su túnica, Su única posesión.

Ahora, un asunto importante para considerar:  ¿Cuál es uno de los aspectos más ciertos de la madurez?  Poseer un corazón y una mente de un siervo.  Pero la servidumbre es imposible si habitualmente nos estamos comparando competidamente con los demás y buscando nuestro bienestar y éxito, comparándonos con otros hombres.  Cuando esto ocurre, estamos pretendiendo ser servidos por nuestro ambiente —y con nuestro propio servicio.

Para ser un siervo eficaz y maduro, también debemos saber quiénes somos, debemos tener una identidad que derive de Dios y de sus estándares y debemos saber por qué estamos aquí, y tener un sentimiento acerca del destino y propósito que tiene Dios para nuestras vidas.  Debemos servir con una visión de hacer la voluntad de Dios sin importar nada más y con una visión hacia los tesoros celestiales y sus recompensas, no las que se basan en las comparaciones humanas  (1ª Corintios 4:1-5; 2ª Corintios 10:12).

Con respecto a nuestro auto concepto y a la madurez, el liderazgo y el ministerio, los creyentes espiritualmente maduros también viven con la visión de otro principio bíblico que es vital.

(4)    Ellos tendrán un alto nivel de confianza en Dios; tanto la providencia de Dios y Su presencia, llegan a ser la fuente de sus vidas y de su ministerio.  Saber quiénes somos, lo que podemos hacer y lo que no podemos hacer, es importante; pero sobre todo debemos tener confianza en el Señor, junto con el valor de seguir adelante.  Esto es importante para el siervo y para quienes él ministra (Filipenses 4:13; 1ª Corintios 3:6s; 4:1-5; 2ª Corintios 2:14s).  Ninguno de nosotros somos suficientes en nosotros mismos sin considerar quiénes somos; sin considerar nuestro entrenamiento, nuestras cualidades físicas, nuestra madurez espiritual o nuestros dones y talentos.  Esto está maravillosamente ilustrado en 2ª Corintios 2:14-16; 3:4-6 y 2ª Corintios 12:9-10.  Estos pasajes nos recuerdan que Dios puede emplear nuestras habilidades, de la misma manera que usó la mente entrenada y aguda de Pablo —ambos dones otorgados por Dios—; pero a veces Él nos da debilidad y allí obra en nosotros de algún modo para demostrar Su gracia y poder.

(5)    Ellos desearán descubrir y corregir aquellas debilidades que puedan corregirse.  Así como todos los creyentes tienen dones y habilidades otorgadas por Dios, también tienen debilidades.  Algunas de ellas pueden ser transformadas y otras no.  Parte de la madurez espiritual es descubrir aquellas que pueden ser cambiadas y después querer corregirlas por la gracia de Dios, mientras se aprende a vivir con las que no pueden ser cambiadas.  Dios nos hizo de la manera que somos; no en nuestra pecaminosidad sino en nuestra hechura básica con limitaciones físicas e intelectuales y con nuestros dones y talentos.  (Éxodo 4:10-13; Juan 9:1s; Romanos 12:3, 4; 1ª Pedro 4:10; Salmo 139:14, 15).

¿Cómo afectará nuestra vida el conocer este concepto?  Esto no significa que debemos aceptar el pecado como una forma de vida o aceptar tendencias pecaminosas, hábitos o mediocridad.  Significa que debemos hacer lo mejor posible con lo que Dios nos ha dado (1ª Corintios 15:9-10).  Significa que debemos estar satisfechos con lo mejor nuestro y nunca codiciar las grandes habilidades de otros hombres.  Sin embargo, debemos intentar cambiar lo que puede ser cambiado por medio de la gracia de Dos y de acuerdo a los estándares de la Palabra; no a los del mundo.

Por ejemplo, si físicamente estoy fuera de forma lo que me impide volar por las escaleras sin perder mi respiración, debo intentar recuperar esa forma a través de ejercicios adecuados y dieta.  Si es posible mejorar el estado de mi mente a través de estudiar para la gloria de Dios y así aumentar mi habilidad para servirle, debo hacerlo.  Si estoy en el colegio y puedo sacarme las notas máximas, debo hacerlo; pero si después de mucho esfuerzo, perseverancia y fidelidad, termino con notas que no son las máximas, debo agradecer a Dios y seguir estudiando.  No debo sentarme por ahí y lloriquear por mi incapacidad o por la habilidad de otra persona.

La comprensión de  este concepto, debe conducirnos a por lo menos cuatro pasos importantes;:

o        Debemos agradecer a Dios por quienes somos:  únicos y distintos con un mensaje a desarrollar (Efesios 2:10; Salmo 139:14; Romanos 12:3; 1ª Pedro 4:10).

o        Debemos intentar saber le medida de nuestras fuerzas y desarrollar nuestras habilidades al grado máximo.  En otras palabras, necesitamos ser todo lo que podamos de acuerdo a la obra creativa y providencial de Dios en nuestras vidas.  Recuerden, cada uno de nosotros somos el producto de:  (a) la obra personal de Dios, (b) Su dirección y provisión y (c) nuestra respuesta a Dios.  Para saber cuál es la providencia y la provisión de Dios, compare Proverbios 16:1f; Marcos 4:8-20 y 1ª Corintios 3:5-7.  Para saber cuál es la responsabilidad del hombre, compare Colosenses 3:17, 23; 1ª Corintios 10:31; 15:10; y 2 Crónicas 31:20-21.

o        Debemos intentar corregir y cambiar en nuestra vida lo que puede corregirse como buenos administradores de la gracia de Dios y de acuerdo a las directrices y estándares de la Palabra.

o        Debemos aceptar aquellas cosas que no pueden cambiar, confiar en el designio del Señor y utilizar las fuerzas de otros que pertenezcan al cuerpo de Cristo.  Nadie debería intentar ser un ‘hombre-show’.

Lo que no podemos cambiar:  Algunas debilidades o deficiencias que no podemos cambiar; no son asuntos morales o problemas de pecado.  Más bien, son lo que llamamos las incambiables.  Hay ciertas cosas en nuestras vidas que no podemos cambiar y de las cuales podemos heredar ciertas limitaciones (cf. 1ª Corintios 2:1s; 2ª Corintios 12:5-10).  En esto se incluye:  ancestros, tiempo en la historia, raza, herencia nacional, género, familia, rasgos físicos, habilidades mentales (aptitudes naturales, limitaciones mentales y talentos), estatura física, habilidades e incapacidades, edad y muerte.

Lo que podemos cambiar:  Esto es lo que llamaremos cambiables e incluyen cosas sobre las que algo podemos hacer.  En algunos casos son temas de nuestra vida espiritual que en otros casos no serían temas en absoluto.  Ya sean un tema que nos impide andar con el Señor o disminuye nuestra capacidad para ministrar, se convierte en un tema que puede cambiar.  Los temas cambiables, son:  peso, condición física, fuerza física, carácter espiritual o madurez, el conocimiento y su uso, vestimenta, postura, actitudes y puntos de vista, expresiones faciales, hábitos o patrones de conducta, habilidades, etc.  Obviamente, todo lo que se opone claramente a la Palabra o a la voluntad moral de Dios, es pecado y requiere ser tratado por la gracia de Dios (Romanos 6:1s; Efesios 4:22s; Colosenses 1:9s; Proverbios, Salmo 119).

Conclusión

Existen dos grandes problemas que enfrentamos mientras intentamos apropiarnos de esta marca de la madurez cristiana:

(1)    Nuestro orgullo —el espíritu de codicia y el deseo de reconocimiento público, fama y aplauso.  Enfrentémonos a él.  Este es un asunto espiritual.  Básicamente es el no desear descansar en los propósitos que Dios tiene para nuestras vidas y no desear esperar Su evaluación  (1ª Corintios 4:3-5; Proverbios 3:3-6; Salmo 37:4-6).

(2)    La vara de medición del hombre y la escala de valores.  Esto siempre ha sido un problema incluso en la iglesia, tal como lo podemos ver en 1ª Corintios 3 y 4 y también en 2ª Corintios 10:10-12; pero se ha convertido en un problema mucho más grave en nuestros días debido a los medios de comunicación modernos y a la gran notoriedad que reciben los hombres con tanta frecuencia.  Nos enfrentamos al ‘síndrome de la superestrella’ y la gente comienza a comparar a sus líderes y a sus iglesias con aquella superestrellas.  La vara de medición que usan no está ni cerca de la Palabra, sino que es la del mundo.

Naturalmente, esto a menudo origina:  (a) desánimo —No impresiono a nadie; no soy lo suficientemente bueno o lo suficientemente inteligente, (b) apatía —Para qué intentarlo; nunca podría compararme con tal o cual, (c) temor —Fracasaré; simplemente soy incapaz de satisfacer las expectativas de la gente, (d) orgullo de sí mismo o de otra persona – síndrome de club de fanáticos —Pertenezco a tal o cual grupo (ver 1ª Corintios 1:12; 3:4) y (e) divisiones (1ª Corintios 1:11s).

Nuevamente llamaré su atención sobre el apóstol Pablo como una ilustración de un líder espiritualmente maduro que siempre fue capaz de ministrar a otros como un siervo maduro en las circunstancias más difíciles, como vemos en forma tan evidente, en los siguientes pasajes:

“Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios.  Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel.  Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano; y ni aún yo me juzgo a mí mismo.  Porque aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado; pero el que juzga es el Señor.  Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios.  Pero esto, hermanos, lo he presentado como ejemplo en mí y en Apolos por amor de vosotros, para que en nosotros aprendáis a no pensar nada más de lo que está escrito, no sea que por causa de uno, os envanezcáis unos contra otros.  Porque ¿quién te distingue?  ¿o qué tienes que no hayas recibido?  Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?  Ya estáis saciados, ya estáis ricos, sino nosotros reináis,  ¡Y ojalá reinaseis, para que nosotros reinásemos también juntamente con vosotros!  Porque según pienso, Dios no ha exhibido a nosotros los apóstoles como postreros, como a sentenciados a muerte; pues hemos llegado a ser espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres.  Nosotros somos insensatos por amor de Cristo, mas vosotros prudentes en cristo; nosotros débiles, mas vosotros fuertes; vosotros honorables, mas nosotros despreciados.  Hasta esta hora padecemos hambre, tenemos sed, estamos desnudos, somos abofeteados, y no tenemos morada fija.  Nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen, y bendecimos; padecemos persecución, y la soportamos.  Nos difaman, y rogamos; hemos venido a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todos”  (1ª Corintios 4:1-13).

“Porque no nos atrevemos a contarnos ni a compararnos con algunos que se alaban a sí mismos; pero ellos, midiéndose a sí mismos por sí mismos, y comparándose consigo mismos, no son juiciosos.  Pero nosotros no nos gloriaremos desmedidamente, sino conforme a la regla que Dios nos ha dado por medida, para llegar también hasta vosotros.  Porque no nos hemos extralimitado, como si no llegásemos hasta vosotros, pues fuimos los primeros en llegar hasta vosotros con el evangelio de Cristo.  No nos gloriamos desmedidamente en trabajos ajenos, sino que esperamos que conforme crezca vuestra fe seremos muy engrandecidos entre vosotros, conforme a nuestra regla; y que anunciaremos el evangelio en los lugares más allá de vosotros, sin entrar en la obra de otro para gloriarnos en lo que ya estaba preparado.  Mas el que se gloría, gloríese en el Señor; porque no es aprobado el que alaba así mismo, sino aquel a quien Dios alaba”  (2ª Corintios 10:12-18).

“Porque vosotros mismos sabéis, hermanos, que nuestra visita a vosotros no resultó vana; pues habiendo antes padecido y sido ultrajados en Filipos, como sabéis, tuvimos denuedo en nuestro Dios para anunciaros el evangelio de Dios en medio de gran oposición.  Porque nuestra exhortación no precedió de error ni de impureza, ni fue por engaño, sino que según fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el evangelio, así hablamos; no como para agradar a los hombres, sino a Dios, que prueba nuestros corazones.  Porque nunca usamos de palabras lisonjeras, como sabéis, ni encubrimos avaricia; Dios es testigo; ni buscamos gloria de los hombres; ni de vosotros, ni de otros, aunque podíamos seros carga como apóstoles de Cristo.  Antes fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos”  (1ª Tesalonicenses 2:1-7).



[1] Josh McDowell, His Image, My Image [Su Imagen, Mi Imagen], Here’s Life Publishers, San Bernardino, 1984, p. 11.

[2] Josh McDowell, p. 18.

[3] Josh McDowell, p. 21.

[4] Erwin W. Lutzer, Failure:  The Back Door to Success [El Fracaso:  La Puerta Trasera del Éxito], Moody Press, Chicago, 1975, 1984, pp. 23-24.

[5] VanGemeren, Electronic Editio.

[6] Lutzer, pp. 26-27.